Como ya lo hizo con Gabriela (de clavo y canela), con Doña Flor (la de los dos maridos) y con Teresa Batista (cansada ya de la guerra), Jorge Amado vuelve a eregir a una mujer en símbolo de una generosa humanidad, un ejemplo de vitalidad popular, en artificie de una desbordante, colorida y universal historia, narrada con seguro encanto e indeclinable gracia.
La relación de las últimas "enseñanzas de don Juan" cierra impecablemente el ciclo iniciado con el libro de ese título y proseguido en 'Una realidad aparte' y 'Viaje a Ixtlán'. Las lecciones de brujería y la obra que las narra llevan aquí sus postulados a la conclusión natural: los misterios del conocimiento secreto se disipan como la bruma en el acto mismo de cobrar concreción definitiva; una acumulación de poder personal resulta en la despersonalización del poder y todos los prodigios se funden en el único prodigio de la vida terrena. Puede advertirse el paralelismo entre la iniciación guerrera que Castaneda ha cursado y la "disciplina sin doctrina" del Zen, y no son menos claras las diferencias de tono y humor, es decir de civilización. Sabiduría bárbara, la de don Juan reaviva estructuras primitivas de la conciencia e inserta su realidad mágica en nuestro realismo convencional, no sólo produciendo fenómenos que contradicen las convenciones sino a través del discurso articulado que postula todo un modelo del mundo. Pero este encuentro de la cultura occidental con las raíces indígenas es en primera instancia una historia cautivante que fluye entre el asombro y la risa.
Doña Flor es, literalmente, una mujer adorable: su cuerpo está hecho para el amor, su voluntad no se dobla fácilmente, es casera, ingeniosa, tiene firmes principios morales... ¡y sabe cocinar! No habrá lector que no desee verla colmada de felicidades: una entrada segura, una vida intensa, risas, emociones y éxtasis conyugales. Y la verdad es que Doña Flor lo consigue. Sólo que de dos maridos distintos.¿Y cómo es posible para una mujer de principios aceptar esta situación? La respuesta sólo depende del genio novelístico de Jorge Amado, quien respeta los escrúpulos de su personaje de tal modo que es el lector quien resulta colmado de felicidades; pocas novelas contemporáneas poseen una capacidad tan intensa de comunicar alegría, de captar todo el color de la vida cotidiana en Bahía y de agitar figuras tan espléndidas: damas célebres por su rango o por su accesibilidad, profesores nada académicos, reyes del hampa o los devotos instrumentistas de la orquesta de aficionados "Hijos de Orfeo".
En la mitología maya-quiché el hombre fue hecho de maíz y en las páginas de esta novela se enfrentan los hombres que consideran al maíz como parte de su ser y como alimento sagrado, con aquellos que lo utilizan como un producto cualquiera de lucro. Se entabla así, una lucha feroz que termina con la muerte del cacique, defensor de los valores ancestrales de su pueblo. El tema novelesco, visto como un suceso diario en la América tropical, se engrandece mediante el símbolo, que ata y libera a un tiempo a estos hombres de maíz. Todo en esta novela cobra una dimensión mágica y el lector asiste a la mítica transformación y transubstanciación del ser humano en las eternas potencias universales.
El guatemalteco Miguel Ángel Asturias nació en 1899 y murió en 1974. Le fue otorgado el Premio Nobel en 1967.
Los puertos son el paisaje en movimiento donde se mezclan los exóticos perfumes del mundo, donde se honra la memoria de los naufragios ocurridos y se pronostica el paradero de los tesoros a encontrar: nada es estático, nada es definitivo en un puerto: las historias entran y salen como los buques y sus tripulantes, como las mareas y lo que arrastran las mareas. Los puertos son un no-lugar y, al mismo tiempo, todos los lugares; porque en los puertos todo es posible.